"Una de cableados", per Antón Miralles

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"Una de cableados", per Antón Miralles

L'ex-president dels EUA Donald Trump sempre ha defés la posessió d'armes en mans de civils | Font: Pixabay

Vayan tomando nota. Año 1994. México DF, entonces la ciudad con más habitantes del planeta. Veinte millones censados y (supuestamente) alrededor de seis millones más sin censar. Decían. Cualquiera se pone a contar gente allí. Recuerdo el rumor sordo (impresionante) al salir de la terminal del Benito Juárez, en el medio de la población. Así que háganse a la idea.

Un primo de mi mujer vivía en una urbanización (colonia, le llamaban) al noroeste de la ciudad. Inenarrable explicar la gente que había. Aún se podía circular sin agobios. La mañana siguiente a llegar, sobre las nueve, con el jet-lag a cuestas salí al jardín a fisgar un poco, a ver de qué iba la cosa.

En una placita que había al frente de la casa y el jardín, había una farola con una caja en lo alto. Llegó una furgoneta (una 4-L o similar) de la que se bajaron dos individuos. Uno colocó una escalera, sostuvo al compañero mientras subió. Una vez arriba, le arreó una hostia a la caja que había en lo alto, y sin más se bajó. Recogieron la escalera, la pusieron sobre la 4-L y desaparecieron. Inmediatamente empiezan a aparecer personas, hombres y mujeres, preguntándose los unos a los otros si tenían teléfono. Por lo visto, a nadie le funcionaba el teléfono. Estar sin teléfono en circunstancias normales, es un problema , en una ciudad normal. En una ciudad de veinte millones de seres humanos, es un PUTADON al cubo, por no exagerar mucho. En la colonia, la gente preguntaba a otra gente, y no había caso. Nadie tenía teléfono. No había la cantidad de "selulares" como allí les llaman que hay hoy. Los aparatos eran enormes, todo un problema llevar uno a cuestas. La gente se lo tomaba con filosofía, y discretamente siempre había en casa alguien vigilando por si aparecían los de la telefónica.

Cinco días después de la hostia que provocó la avería, apareció una furgonetilla de la telefónica y de allí bajaron otros dos operarios. Subieron a la torre de la luz. Inmediatamente apareció una señora y le preguntó al que estaba subido en la caja si era de la Telefónica. Respuesta: "No señora, nosotros somos de mantenimiento y solo "checamos" si las cajas están bien. La doña le habló al operario, le dijo su número y, mediante unos billetes entregados al operario que mantenía la escalera fija, la señora se acercó a su casa y comprobó que ye tenía teléfono. La cosa corrió como la pólvora y, en menos de media hora pasaron por la farola unas treinta personas con su correspondiente "mordida" para los operarios que hicieron el mes. Sin recibos ni justificantes, pura "changa" (chapuza mañanera), y medio barrio con teléfono otra vez. De cómo se saca un sueldo una mañana de jueves, digamos, sólo "checando" y tocando un par de botones por número. La picaresca "chilanga" (habitante de México DF). El que no corre, vuela. A martillazos se saca uno un sueldito extra. Yo soy testigo. "Se los juro", decían...

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Antón Miralles

Bilbao, 1954. Resultó ileso tras pasar más de diez años en un colegio de jesuitas, la mili obligatoria en el moro, un par de decenas de años en la banca y otro Antondecenio en varias profesiones honestas. Deportista voluntarioso, lector empedernido, viajero entusiasta, melómano -rock setentero principalmente- y ateo gracais a Dios. Dni a parte, el único carnet que ha llevado alguna vez ha sido el de socio del Athletic Club de Bilbao. Integrante de los tristemente célebres "cinco millones", ha comenzado a escribir para labrarse un futuro próspero y recolectarse algo de "fondos" para la vejez, que está a la vuelta de estas páginas. Su único propósito es entretener, dice. Las obras maestras ya las han escrito otros.

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