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"Se te va a cansar el dedo", per Antón Miralles

Leopold II de Bèlgica Leopold II de Bèlgica Wikipedia

Parece ser que el último rebuzno del fascio militar (versión ejército del aire) ha sido la proposición de fusilarnos a veintiseis millones de personas que, por lo visto, no somos de su cuerda. Al que no se le cansó el dedo fue a un rey de no muy lejos: Leopoldo II de Bélgica, tremendo genocida que a raíz de una conferencia celebrada en Berlín a principios del pasado siglo, recibió como representante de Bélgica, una franja impresionante de África, desde el Índico hasta el Atlántico, en la cual, robó a los indígenas sin ningún tipo de control ni medida, llegando a crear un territorio al que denominó como "Congo belga" sin el mínimo pretexto de evangelizar o llevar la cultura europea a los negritos, sino más bien los esclavizó y utilizó como mano de obra gratis "ad maior gloria Belgicae" (para mayor gloria de Bélgica).

Esta lacra humana (Leopoldo II) no contento con depredar caucho, minerales y metales preciosos, envió a otros sicarios que no faltan nunca en ninguna fechoría del imperialismo: los curas belgas. La mortandad que organizó legalmente (maldito mundo occidental) no fue nunca convenientemente contabilizada, supongo que por falta de espacio y/o tinta en los periódicos del tiempo aquel.
 
La contribución de España, (atentas, lectoras del "Hola") a la corona belga fue la aristócrata Fabiola de Mora y Aragón (chúpate esa), que matrimonió con el príncipe Balduino, otro lider obrero, no sé si flamenco o valón, (me importa una m...) y pasó de señorita de cortijo a reina de los belgas por obra y gracia de uno o varios revolcones con el príncipe heredero del sátrapa  genocida que, para más "inri" nunca pisó su Congo (belga). Como entre este tipo de lacras siempre hay uno más listo, la contribución del  cortijo del generalísssimo fue un golfo vividor como pocos ha habido en este país, y mira que los ha habido: Don Jaime de Mora y Aragón, asiduo de las revistas de papel couché, al que no se le conoce por haber dado ni un palo al agua, de aspecto "cayetano" siempre impecable y en el meollo  de la permanente farra del mundo de los  dueños de los "Yates"  (Ya te veré, ya te pagaré, ya te invitaré). Chapeau por "cuñadíssimo" de Baduino (entre él y Fabiola dudo que sumaran una docena de neuronas) pues  abandonó este planetilla  sin haberla "hincado". Y orondo... Volviendo al mega-killer a distancia, el fétido Leopldo  (dicen que su megalomanía era tan grande que dormía de uniforme). Uno de los "socios" de fechorías en la jungla fue otro al que siempre se ha considerado como un héroe de las exploraciones: Henry Morton Stanley, que pasó a la historia por una frase" Doctor Livingstone, supongo?" (Dr Livingston, I presume?) con la que se presentó al citado doctor (y misionero) perdido junto a las fuentes del Nilo. Parece ser  que Stanley, del que habrá tiempo de hablar sobre él, era un galés de poco más de metro y medio de alzada, pero pícaro a la hora de engañar al indígena de turno, y sin escrúpulos al enredar en favor propio y en el de su socio, Leopoldo II, uno de los mayores asesinos  genocidas de todos los tiempos.Jugaba en la misma categoría de Stalin y Hitler. Con eso está todo dicho. Mario Vargas Llosa pinta a la perfección al belga en su novela "El sueño del celta". La pueden leer, de prestado, en la biblioteca de Biar. Carmen (un lujo de bibliotecaria) se lo arregla, sin duda. Leer, mola.

Antón Miralles

Bilbao, 1954. Resultó ileso tras pasar más de diez años en un colegio de jesuitas, la mili obligatoria en el moro, un par de decenas de años en la banca y otro Antondecenio en varias profesiones honestas. Deportista voluntarioso, lector empedernido, viajero entusiasta, melómano -rock setentero principalmente- y ateo gracais a Dios. Dni a parte, el único carnet que ha llevado alguna vez ha sido el de socio del Athletic Club de Bilbao. Integrante de los tristemente célebres "cinco millones", ha comenzado a escribir para labrarse un futuro próspero y recolectarse algo de "fondos" para la vejez, que está a la vuelta de estas páginas. Su único propósito es entretener, dice. Las obras maestras ya las han escrito otros.

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