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"La iglesia de Usúrbil", per Antón Miralles

"La iglesia de Usúrbil", per Antón Miralles Pixabay

En mil novecientos noventa y dos, mi mujer, mi hijo Pablo y yo, pasamos un mes de vacaciones en México (se pronuncia Méjico). Con base en la capital, el llamado D.F. (distrito federal), entonces la urbe más poblada del planeta, recorrimos parte de ese fantástico país. Tiene  de todo lo que un viajero o turista puede pedir: piedras (los centros ceremoniales de aztecas, mayas y olmecas), catedrales construidas por los españoles, así como selva virgen, desiertos, playas increíbles y unas ciudades coloniales extraordinarias.

Un día, Alberto, el primo de mi mujer, bilbaíno radicado entonces en el D.F. nos llevó a hacer un “tour” al principal centro ceremonial posiblemente del mundo: Teotihuacán. Intento fallido pues  fue tal la cantidad de vendedores ambulantes por turista que teníamos un vendedor tras otro haciendo cola para vendernos lo que fuera. Fuimos todo lo pacientes que se puede ser con una verdadera legión de comerciantes a pie, y no creo que la visita llegó a la media hora siquiera. Salimos despavoridos de aquel maremágnum de turistas y vendedores. Tratar de haber subido a la gran pirámide, colosal, supongo que nos habría llevado tres o cuatro horas, entre vendedor y vendedor, que vivían de gente como nosotros. Huímos. A muy poca distancia, y absolutamente vacío, había una joya dejada de lado por las excursiones multitudinarias: Acolman. Un convento-fortaleza construido por los jesuítas con pequeñas almenas defensivas, claustro y un pozo a cubierto de posibles proyectiles en el medio del claustro. Un lugar con una paz total, más acentuada al venir del desmadre de Teotihuacán. En lugar de volver a la base (el D.F), nuestro guía y anfitrión, enfiló al norte de la capital donde, a más o menos sesenta Km se encuentra  Tepotzotlán, un pueblo de postal, colonial en su arquitectura, a donde fuimos a visitar la iglesia principal. Un pedazo de catedral imponente por fuera, pero espectacular en su interior. La sorpresa fue mayúscula cuando vimos al frente, bajo el retablo, de oro macizo, dos soldados con casco, traje de camuflaje, y la consabida escopeta repetidora, la 30-30 (sí, la del corrido) vigilando que nadie se acercase al panal de rica miel (el oro macizo del retablo).

Los fieles tenían la costumbre de abrazar los pies de algunas estatuas del retablo y con alguna navajita, aligeraban de oro a dichas estatuas, hasta que algún cura vio la cirugía que el pueblo en general había practicado, y decidieron que no había más devoción cirujana.

Tuvimos la suerte de encontrarnos a un cura “titular” de dicha maravilla. Charlamos con él, y nos contó que la iglesia había sido siempre muy rica, siendo beneficiaria del oro de algunas minas locales con los que se construyó el retablo. Excesivo a todas luces y una sorpresa para los que escuchamos la historia del templo. ¿Quién construyó aquella maravilla? Nunca supimos a quién adjudicar el mérito de la dirección de obra y diseño arquitectónico.

Tampoco supimos, ni figuran los nombres de los obreros que derramaron sangre, sudor y lágrimas para hacer realidad aquella fantasía. Oro y adornos mejicanos, esfuerzo y dolor del pueblo. Los conquistadores españoles llevando la cristiandad al pueblo mejicano. A uno más de todos los pueblos de América. La denominada “colonización”.

Siglos después, un cantautor guipuzcoano, revive la historia de cualquiera de esas catedrales de allende los mares en la canción “Usurbilgo eliza” (la iglesia de Usúrbil). Y cita en un verso:

“zenbat izerdi, odol eta negar” –cuánto sudor, sangre y llanto– habrá costado a los indios  de América la preciosa torre de la iglesia de Usúrbil. Preciosa canción. Se la recomiendo.    

 
Antón Miralles

Bilbao, 1954. Resultó ileso tras pasar más de diez años en un colegio de jesuitas, la mili obligatoria en el moro, un par de decenas de años en la banca y otro Antondecenio en varias profesiones honestas. Deportista voluntarioso, lector epedernido, viajero netusiasta, melómano -rock setentero principalmente- y ateo gracais a Dios. Dni a parte, el único carnet que ha llevado alguna vez ha sido el de socio del Athletic Club de Bilbao. Integrante de los tristemente célebres "cinco millones", ha comenzado a escribir para labrarse un futuro próspero y recolectarse algo de "fondos" para la vejez, que está a la vuelta de estas páginas. Su único propósito es entretener, dice. Las obras maestras ya las han escrito otros.

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