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"Inocencio", per Antón Miralles

"Inocencio", per Antón Miralles Pixabay

Aprendí la profesión (desde cero) en Bank of America. Diez años en los que aprendí casi todos los trucos y secretos de un oficio necesario pero con muy mala prensa. Muy bien pagado, y puntualmente, me llevé momentos fantásticos y pocos disgustos. Les voy a contar uno.

Una mañana llegó a la oficina un hombre maduro, alto, con un traje gastado y una maletita de cartón atada con una cuerda. Preguntó a un par de compañeros cómo le podían ayudar. Dado el carácter del problema, y estando yo en el departamento (extranjero) que trataba sobre lo que ocurría, le invité a sentarse y a contarme qué era lo que había pasado.

Inocencio era natural de Puebla de Sanabria (Zamora). Había marchado a Venezuela a trabajar como minero, y había sudado lo suyo, consiguiendo ahorrar un buen dinero. Llegada la edad de la jubilación, y habiendo sido un trabajador formal, el patrón le llamó a la oficina de la mina para liquidarle su último sueldo, junto con todo lo que había ahorrado, en una caja propia que el patrón guardaba en la caja fuerte, y le añadió un cheque como premio a su honestidad y formalidad durante muchos años. Le advirtió de los peligros de la Caracas de aquellos años, los ochenta, donde a pesar de correr el dinero con alegría, la delincuencia hacía de las suyas.

Siguiendo los consejos del patrón, nada más llegar compró el billete de avión a Madrid, guardó dinero para los gastos del viaje, y con el dinero ahorrado en la caja de zapatos entró en una oficina bancaria, una sucursal de Bank of America en Caracas. Abundantes en aquellos tiempos. Explicó al empleado que quería mandar el dinero a su pueblo, a Sanabria, y el truhán de turno no solo le engatusó sino que no le dio ningún comprobante ni abonaré del dinero en un impreso del banco. Inocencio confió en las buenas palabras del tipejo y, dando por hecho que el dinero llegaría en menos de una semana, dejó Caracas y volvió al pueblo. Pasaron los días y el dinero no llegaba. Había pocas oficinas bancarias e Incocencio recurrió a un empleado de la Caja Rural que conocía. Teniendo como único dato el nombre del banco donde había entregado el dinero, averiguó que había Bank of America en Bilbao, subió a un autobús, con su maleta de cartón atada con cuerda, un calzoncillo y un bocadillo envuelto en papel de periódico y se presentó en la oficina.

En aquellos años la comunicación más eficaz aparte del teléfono era el telex. No existía internet, ni wi-fi. Desgraciadamente, ví la “jugada” al primer minuto: un pobre ignorante cae en manos  de un empleado de banca desalmado que le hace un truco de “trilero” y le afana toda una vida de trabajo.¡Qué asco!  A todo esto Inocencio que se me cuadra haciendo el saludo militar. Yo pidiéndole que  baje la mano. Toda la oficina mirando. Lo más discretamente que pude le  di dinero para que comiese en algún bar cercano, pues el bocadillo estaba intacto.

Epílogo. Contactamos con la sede principal del BOA (Bank of America) en Caracas, incluso Manu (mi director) habló por teléfono con ellos, pero siendo los datos insuficientes y habiendo muchas sucursales, no se pudo averiguar quién había sido el delincuente. Meses después hablé con el empleado de la Caja Rural que había ayudado a Inocencio, y me explicó que al parecer  estaba viviendo en el monte, en la zona del lago de Sanabria, como un vagabundo.

Nunca me sentí peor ni con más impotencia al no poder hacer nada. Una de esas historias que aún hoy me sigue dejando mal cuerpo. Pobre hombre.

 
Antón Miralles

Bilbao, 1954. Resultó ileso tras pasar más de diez años en un colegio de jesuitas, la mili obligatoria en el moro, un par de decenas de años en la banca y otro Antondecenio en varias profesiones honestas. Deportista voluntarioso, lector epedernido, viajero netusiasta, melómano -rock setentero principalmente- y ateo gracais a Dios. Dni a parte, el único carnet que ha llevado alguna vez ha sido el de socio del Athletic Club de Bilbao. Integrante de los tristemente célebres "cinco millones", ha comenzado a escribir para labrarse un futuro próspero y recolectarse algo de "fondos" para la vejez, que está a la vuelta de estas páginas. Su único propósito es entretener, dice. Las obras maestras ya las han escrito otros.

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